Meléndez Valdés, 31. 28015 Madrid · 915 431 449 · 647 649 767

 

Todos fuimos pardillos

... y un poco seguimos siéndolo.

PREFACIO

Muchas manos han sido las responsables de inventar el momento que vivimos. Todas las que en el pasado movieron ficha. 

Hoy, en España, la ficción en televisión y el cine están fundamentalmente cimentados en personas que éramos estudiantes en finales de los ochenta y en los 90. Y quizás esta generación se distinga de otras en que nuestras familias, amigos y conocidos no pertenecían al mundo de la “farándula”.

Pero querer vivir de “esto del cine”, de contar historias, es un pequeño vía crucis que deja a muchas personas en la cuneta antes de comerse el primer bocadillo en un catering contratado. 

Estaremos juntos poco más de 100 páginas en las que intentaremos pasar un rato divertido con las meteduras de pata que, por alguna misteriosa razón, estamos obligados a cometer en nuestros primeros meses de profesión.

Trataremos de servir de acicate y motivación para el que empieza, porque entenderá que no importa cuán grises sean los comienzos, siempre hay luz al final del túnel.

Y rendiremos homenaje a Metrópolis en su décimo octavo cumpleaños.

Muchos de esos estudiantes de finales de los 80 y los 90 que hoy en día nos contagian su pasión por el medio, estudiaron en Metrópolis y algunos han encontrado un hueco en su agenda para escribir algunas notas sobre sus comienzos, sobre la escuela y a veces sobre su subconsciente.

Gracias a todos.  Un abrazo.  Clara y Guillermo. 

 

 

Los comienzos siempre fueron mágicos

1985. Sala de reuniones de Johnson Wax. El Jefe de Fábrica, el Director de Exportaciones, la Directora de Control de Calidad, la Directora de Investigación y Desarrollo,  mi jefe, Pastrana, y yo.

 - He pensado en teñirme el pelo de rubio – El ambiente se heló. Las sonrisas iban desde el desprecio más absoluto hasta incluso un.. ¿y qué? 

Pero alguien pensó que aquello era demasiado, que había que darle un escarmiento al niñato  ingeniero.  

- Le ofrecemos una indemnización y que se vaya – argumentaron en cuanto cerré la puerta. Y así fue me ofrecieron 800.000 Pts. y me fui.

Me fui a un pequeño piso interior para llamar a mi novia, la mujer más espectacular que jamás he conocido: Clara. 

Cogimos un papel y diseñamos qué negocio podíamos poner para estar más tiempo juntos. Desechamos un taller de motos, un “siestario”, un lugar de ensaladas vegetarianas y nos decidimos por algo mucho más estresante: Una academia de la movida, de la que nos considerábamos hijos adoptivos.

Clara iba para azafata de vuelo y necesitaba perfeccionar el Alemán. Así que se fue a Berlín como au pair. Cogí una mochila gigante, un tren lentísimo y un paquete de 100 folios y me presenté en Victoria Louise Platz.  Vivimos unos días maravillosos planificando el temario y contenido de los cursos de nuestra academia, todavía sin nombre, al tiempo que nuestro pelo pasaba del amarillo al gris, al rojo, con trenzas, con rastas,  casi sin pelo...

Debió ser el tremendo frío berlinés porque si no, no me explico cómo es posible que pensáramos que una academia que ofrecía Mecánica de la moto, Ilusionismo, Técnicas de estudio, Cine, Vídeo, Dibujos animados, Cómic, Teatro y Técnicas de búsqueda de Empleo podía tener la mas mínima oportunidad de sobrevivir.

Éramos extremadamente austeros. Nuestro mayor gasto consistía en una tragaperras llamada “Out of run” en la que cada día jugaba dos o tres partidas. Comíamos yogures en los “Aldi Market” y la ropa siempre de segunda mano, eso sí, muy a la moda.

Pero también éramos muy eficaces y pudimos desarrollar y ensayar el contenido de cada una de las clases de cada uno de los pintorescos cursos que diseñamos.

Poco antes de la caída del muro se acabaron los días en Berlín y un ligero perfume a revolución impregnó mi ropa para siempre.

Volvimos a Madrid y nos perdimos en un laberinto legal no apto para cardíacos. De la Comunidad de Madrid al servicio de ayuda para jóvenes, y luego al Ministerio de Cultura donde nos enviaban a “jóvenes empresarios”, para volver a la Comunidad. Allí faltaba la póliza octogonal  -¡Oh no! La octogonal no,  por favor!. A empezar de nuevo.

Pero todo aquello necesitaba de un local. Veíamos tres por la mañana y dos por la tarde. Necesitábamos unos 200m y podíamos pagar unas 100.000 Pts y como es natural los encontrábamos de 100m por 200.000. Pero un día leímos en el Segunda Mano:

¿Buscas local?. Encuentro lo que necesitas.

El ángel.

Soy ateo desde los 13 años así que los ángeles son, para mí, seres “mitológicos. Excepto el caso del Sr. Fernández, que sin duda era un ángel.

Nos citó en Gran vía 33.

Feo como un demonio, los zapatos rotos, corbata con manchas indescriptibles, pelo sucio y aspecto desastrado. Dio un pequeño golpe de talón

- Sr. Fernández, para servirle a usted y a usted. – Nos dijo con un soniquete sincero. 

Clara, mucho mas comprensiva con el género humano que yo, le permitió hablar durante unos minutos durante los cuales nos hizo un resumen de todos los locales que ya habíamos visitado.

 - Ya, pero esos... no nos valen. ¿No tendrá alguno mas? – preguntó Clara.

Yo no hacía más que ponerle caras a mi chica para irnos de allí cuanto antes, cuando el Sr. Fernández agregó:

 - Bueno, tengo uno que no creo que les vaya a interesar, 250 metros cuadrados en el centro por 80.000 Pts. al mes – Nos dijo con voz poco convencida.

La Gran Vía enmudeció. Los autobuses pasaban a nuestro lado a cámara lenta y las palomas se detuvieron en el aire como si fueran fotos recortadas contra un cielo de cartón piedra.

- Se ha debido de equivocar usted, señor Fernández – dijo Clara haciendo que todo volviera a velocidad normal.

 - No, no me equivoco, es aquí mismo en la segunda planta de Gran vía, 33, el portero se llama Guillermo, es muy amigo mío – afirmó el Sr. Fernández con una sonrisa que en ese momento se me antojó diabólica.

Como no había nada que perder entramos en el portal, y Guillermo, el portero andaluz cerrao onde los haiga, nos dijo que llevaba meses sin alquilar. En un descuido del ángel pregunté por el precio de alquiler y el portero dijo que no lo sabía.

- ¿Puede ser 80.000? – pregunté esperando que se carcajeara y poder irnos a comer.

- No creo que sea tanto – Afirmó.

El local era una preciosidad y perfecto para nuestras pretensiones. Recuerdo los ojos de Clara brillando con luz propia y el estruendo que hacía mi corazón – ¿Y si es verdad? No puede ser, tiene que haber truco. 

Pero no, no  lo había, todo era verdad así que en ese mismo momento dijimos: “Nos lo quedamos”

- Ya, pero yo no zé zi el dueño va a queré que ze ponga aquí una ezcuela de éza. – dijo el portero haciendo añicos nuestras esperanzas de futuro.

El caso es que el dueño no quería alquilar el local para que se instalara en él una academia, así que.... nuestro gozo en un pozo.

Llamamos al Señor Fernández, que cogió el teléfono a la primera. Esto, hoy en día, no parece tener ningún mérito, pero en 1985 ni siquiera se había inventado el móvil. En aquella época, o estabas en la oficina o en la calle (o en tu casa, quiero decir que no se podía estar en varios sitios a la vez) y localizar a alguien que normalmente estaba en la calle era un milagro.

- Necesitamos que encuentre otro local como el de ayer, no nos dejan poner allí una academia – le lloriqueé al señor Fernández.

El se ofreció a mediar, a hablar con el dueño, el administrador o con quien hiciera falta. Al principio no queríamos que lo hiciera. Sinceramente, repásese el aspecto descrito hace unos párrafos del señor Fernández. Si los mismos dueños tenían otro local al mismo precio, o similar, en otro sitio donde sí que nos podrían dejar poner una academia, la intervención del “alado” podría poner en peligro el susodicho futurible.

Pero, oye, le dijimos que sí, que lo intentara él.

No sabemos que argumentos usó, ni siquiera los podemos imaginar, pero una semana después estábamos firmando el contrato por tres años. A la salida de la firma nos despedimos del señor 

Fernández, creyendo que todo había sido parte de un montaje. Que el portero no era portero, que los que habían cogido la pasta no eran los administradores, y que el cerebro era el señor Fernández. Pero menuda sorpresa cuando comprobamos que la llave que nos habían entregado abría la puerta, y que el portero seguía allí.

Empezamos a pintar, a comprar sillas, a tirar tabiques, construir grandes cubetas para fotografía y pocas semanas después dimos nuestros primeros cursos.

Quisimos llamar de nuevo al Sr. Fernández, pero ya “nunca nadie jamás” cogió el teléfono de su oficina. Ni volvió a salir un anuncio en el segunda mano, y aunque parezca increíble, Guillermo, el portero, no recordaba que hubiéramos ido con nadie a visitar el local, y menos recordaba a alguien con los zapatos rotos, la corbata sucia..... Pero es que tampoco lo recordaba el administrador de la finca, ni el abogado, ni el dueño.

Así que, sin lugar a dudas, el Sr. Fernández fue un Ángel. 

Gracias señor Fernández por enseñarnos que también los ateos meremos la atención de los ángeles.

 

 “yo quiero el guión con tabureta” 

ANA KEMP 

Creía que sólo los árabes eran capaces de aprender un idioma en 48 horas pero descubrí que algunas criaturas nacidas en Inglaterra también tienen esa facultad.

Ana Kemp (la kempes) destruyó el mito hasta un punto difícil de explicar. Históricamente en España había dos y sólo dos scripts, llamadas “scripts de toda la vida”...

Pretender ser script era un suicidio porque en el supuesto de que consiguieras el trabajo  serías aplastado a críticas por las “scripts de toda la vida”...

Si quieres continuar leyendo, descárgatelo AQUÍ

 
  Autodesk Antena 3 Avid Canon EPC Eyeon Globomedia Kodak Red Sony Steady Factory Telecinco  
gucci handbags discounted